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26 septiembre, 2022

De Artigas a Sarmiento, insurgencia o colonización

Por Guadalupe Román y Alfredo Montenegro

Tras alguna refriega, cuando la tropa se desbanda y busca rejuntarse, para ser reconocidos por su campamento deben gritar un santo y seña que los identifique. En mayo de 1816, José Gervasio Artigas establece una frase: “Sean los orientales tan ilustrados como valientes”.

La frase es esencial en el ideal del proyecto artiguista: la lanzó al inaugurar en 1815la Biblioteca Pública de Montevideo. Sucede que concebía que la educación pública fortalecía a un pueblo en guerra. Para la pedagoga Adriana Puiggrós: “En ese mismo acto, Artigas asoció la lucha por la Independencia y la cultura”.

“Se tendrá por ley fundamental y esencial que todos los habitantes nacidos en esta provincia han de saber leer y escribir”, sostenía Artigas en el proyecto de Constitución para la Banda Oriental, de 1813”, indica Leonardo Rafael Rodríguez Maglio en su libro La filosofía popular y regeneradora del magnánimo José Artigas (2014).

En ese documento se expresa: “Los establecimientos públicos de escuelas para la enseñanza de los niños y su educación; de suerte que se tendrá por ley fundamental y esencial que todos los habitantes nacidos en esta provincia precisamente han de saber leer y escribir”.

Ese ideal educativo, también era trabajado en fogones y churrasqueadas en campamentos.

Escuela de la Patria

A unos cien kilómetros al norte de Paysandú, sobre el río Uruguay y la desembocadura del arroyo Hervidero, Artigas levantó en mayo de 1815 el asentamiento de Purificación. En ese territorio, conocido hoy como Meseta de Artigas, se levantó una Escuela de la Patria, dirigida por fray José Benito Lamas.

Era un campamento militar, con algunas chozas para civiles y “con ribetes de presidio y pretensiones de colonia agrícola indígena”, indica el historiador Orestes Araujo (1909).

Por su parte, Puiggrós señala que “Artigas quería educar urgentemente a sus paisanos e indios. La pedagoga sostiene que “el modelo pedagógico de Artigas tenía una idea central: la de una libertad apoyada en el pueblo”.

Prensa, bibliotecas y púlpito

Artigas también privilegió la comunicación para difundir la lógica revolucionara. Quería fundar un diario, el Periódico Oriental, destinado a tratar noticias sobre comercio, agricultura e industrias, que fomentará el proyecto de los Pueblos Libres, pero no llegó a publicarse debido a la falta de quien lo coordinara. Entonces, el Cabildo destinó a la Imprenta de Montevideo cartillas y láminas escolares, edictos, proclamas militares y bandos, entre otras publicaciones.

En noviembre de 1815, don José instaba al Cabildo de Montevideo para que “en los púlpitos y confesionarios convenzan la legitimidad de nuestra justa causa, animen a su adhesión y con su influjo penetren a los hombres del más alto entusiasmo por sostener la Libertad”.

Heridas coloniales

Artigas era un hombre que se pensaba como un ser americano desde su paisaje cultural, que a pesar de ser un hombre educado, con privilegios de clase; se preocupó por los “infelices”, los desprotegidos, vulnerados; sobre todo por aquellos que venían sufriendo “las heridas coloniales”, como diría Walter Mignolo.

Sarmiento, en tanto, incentivaba la llegada de inmigrantes del norte de Europa para inculcar las ideas de orden, progreso y amor al trabajo. Rodolfo Kusch, se pregunta en Geocultura del Hombre Americano, “¿Por qué al final y al cabo este inmigrante tenía que respetar nuestra historia? Este inmigrante representa una realidad que debe ser analizada. Se le imponía una historia y naturalmente tenía la libertad de negarla”.

La enseñanza de la historia fue clave para forjar esta identidad nacional. La clase dirigente se encargó de destacar a ciertos hombres, considerados a partir de este momento como “héroes de la patria”, como Manuel Belgrano y José de San Martín; y al mismo tiempo borró a otros, como Juan Manuel de Rosas y Artigas.

Sin mencionar que las mujeres para este sector no formaban parte del relato histórico, Juana Azurduy y María Remedios del Valle, así como tantas otras mujeres, debieron esperar hasta el siglo XXI para que se las reconozca por su compromiso político y social durante los procesos de emancipación. Esto implicó la negación y el olvido de un pasado argentino indígena y afrodescendiente, y estos grupos continuaron anclados a la exclusión, el sometimiento, la discriminación y la dominación.

Replantear saberes instituidos

Como señala el semiólogo y profesor de Historia, Walter Mignolo, “los procesos de toma de conciencia y la insurgencia epistémico-política descolonizadora han llegado a un punto sin regreso. Sólo hay una manera de detenerlos: la eliminación de los cuerpos que piensan y los lugares en donde esos cuerpos habitan las historias locales y sienten el mundo (no sólo lo ven) y lo viven, trascendiendo la humillación y la herida colonial, racista y patriarcal”.

Esta región, multicultural como la deseaban Artigas, Bolívar, José Martí, Juana Azurduy, nos exige pensarnos desde la otredad, reconociendo la multiplicidad de subjetividades y cuerpos que habitan nuestra América. Debemos revisar y replantearnos los saberes, ritos instituidos que están aceptados y que no se cuestionan en la escuela; para incorporar otros, que provengan de aquellos paisajes invisibilizados, de aquellas voces silenciadas.

Es preciso que la escuela comience a pensarse no ya como una Escuela de la Patria, donde el fin sea forjar alumnos y alumnas patriotas defensoras de los sentimientos nacionalistas, sino una escuela que promueva la diferencia, la diversidad, el intercambio de conocimientos, saberes que provienen de otras naciones, culturas, etnias.

Como señala Catherine Walsh: “Interculturalidad significa un proceso de descolonización que imagina un nuevo proyecto de sociedad y una nueva condición de saber, poder, naturaleza y ser, y que orienta estrategias y acciones para construirlo”.

Una Europa en América

Arturo Jauretche (Los Profetas del Odio, 1975) lo advertía: “Esta es la raíz del dilema sarmientino de «Civilización o Barbarie» que sigue rigiendo a la intelligentzia. Se confundió civilización con cultura, como en la escuela se sigue confundiendo instrucción con educación. La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna, enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quién abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América, trasplantando el árbol y destruyendo al indígena que podía ser un obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa, y no según América”.

Habrá que armar trincheras en cada aula y en cada espacio pedagógico. En ese marco, el profesor José Hugo Goicochea, docente de Villa Constitución, insta a trabajar con “la escuela como un posible espacio alternativo de investigación histórica, desafiando la tradicional concepción y práctica dominante”. Reflotando la historia regional y el abordaje desde caricaturas, teatro y otras disciplinas culturales.

El debate sobre “civilización o barbarie” es uno de los temas que más controversias desata. Proponemos tratarlo en clave regional por su implicación en la educación de la zona. Su abordaje debe ser reformulado desde profundas y diversas perspectivas para desmitificar y “desmitreficar” el relato del pasado y enfrentar los resabios de la pedagogía del olvido.

Esa huella educativa artiguista, tan diferente a la de la escuela sarmientina, apunta al respeto a la región, a sus pobladores y a la autonomía de las comunidades, en un marco de convivencia pluricultural que –como dice el investigador uruguayo Alberto Umpierrez– forja al “nosotros regional”.

En ese camino, la práctica educativa debe experimentarse desde la convivencia con el territorio, sus pueblos, relatos y sueños colectivos. También requiere salir de las aulas para recrear vivencias en el campo, observar, escuchar y registrar el testimonio del lugar y las expresiones originarias de una comunidad. Habrá que deconstruir los relatos eurocéntricos y occidentales que prevalen en las escuelas heredadas del siglo XIX y que los atrevimientos juveniles también conductores del agite pedagógico.

Por ello, como dice Artigas: “La causa de los pueblos no admite la menor demora”. Así, con urgente y también ardiente paciencia, habrá que empuñar una genuina pedagogía liberadora.

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