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7 septiembre, 2022

El federalismo provinciano y nacional

Por Elio Noé Salcedo

Una mirada desde el Interior profundo.

Introducción

  1. Las concepciones principales de la historiografía argentina.
  1. Los intentos del federalismo del Interior por constituir una nación.
  1. Texto, contexto y lectura de una historia inconclusa.
  1. Origen, carácter y sentido histórico del federalismo nacional.
  1. Un año crucial en la historia argentina
  1. Entre el federalismo del Litoral y el federalismo mediterráneo.

Introducción

Los argentinos conocemos poco de nuestra historia, y en particular muy poco o nada sobre la historia del interior argentino, sus luchas y sus figuras principales durante el siglo XIX. Ello se debe en parte a la visión hegemónica, excluyente y distorsionada de una historiografía centrada en un punto de vista porteño-céntrico o bonaerense, es decir, vista desde la ciudad-provincia en sus dos variantes. Entender el país que heredamos requiere de nuestra atención y reflexión para conocer “la otra historia” desde un punto de vista nacional, auténticamente federal, y no solo argentino sino también latinoamericano.

En ese sentido, la formación de una profunda memoria histórica que nos permita aprender de nuestro pasado, comprendernos a nosotros mismos, entender mejor así el presente y proyectar un futuro vivible y convivible para todos, nos lleva a profundizar sobre nuestra historia, vista desde el Interior y no desde Buenos Aires, y enterarnos así, fehacientemente, del dolor que nos costó la patria y que aún nos cuesta por no haber resuelto todavía nuestros problemas de fondo.

No hay duda de que, en la historiografía mitro-lopizta (de los historiadores Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López y sus herederos), los caudillos provincianos no solo aparecen como figuras secundarias de nuestra historia, sino que a la vez son vilipendiados con el objeto de hacerlos abominables para nuestros propios compatriotas y comprovincianos y quitarles la importancia nacional de su lucha. Es el caso del oriental José Gervasio Artigas -primer caudillo federal de las Provincias Unidas del Río de la Plata- y, desde allí en más, el de los representantes federales de las actuales provincias argentinas en el siglo XIX.

Esa larga lista después del oriental Artigas incluye al santafesino Estanislao López, al entrerriano Pancho Ramírez, al cordobés Juan Bautista Bustos, al santiagueño Felipe Ibarra, a los riojanos Juan Facundo Quiroga y Ángel Vicente Peñaloza, al tucumano Alejandro Heredia, al catamarqueño Felipe Varela y al entrerriano Ricardo López Jordán, y muchos otros poco conocidos y menos reconocidos aún.

En esa segunda lista podemos incluir, entre otros, al santiagueño Francisco Borges; a los santafesinos Antonio Candioti, Mariano Vera y Domingo Cullen; a los salteños José Ignacio Gorriti y (el coronel) José Moldes; al riojano Domingo Villafañe; a los cordobeses José Javier Díaz y Juan Pablo Bulnes y hasta a los mismos hermanos Reynafé; a los correntinos Pedro Ferré, Manuel Leiva y Juan Bautista Méndez; a los hermanos Aldao de Mendoza; al puntano José Santos Ortiz; al propio Andresito Artigas (Andrés Guacurarí), indígena, hijo adoptivo de Artigas y caudillo y gobernador de las Misiones; y en contemporaneidad con el segundo gobierno bonaerense de Juan Manuel de Rosas, al caudillo federal sanjuanino Nazario Benavides, que amparó en San Juan al Chacho Peñaloza para no entregarlo al poder central, que estuvo en el Acuerdo de San Nicolás junto al entrerriano Justo José de Urquiza, nuevo caudillo nacional de su época. Como Quiroga, como Heredia, como el Chacho, Benavides también fue asesinado finalmente por su militancia nacional y federal.

Dejando a un lado la visión hegemónica y excluyente de “Buenos Aires”, no hay duda de que las figuras, como la lucha de esos caudillos provinciales con verdadero sentido nacional, resulta esencial para entender no solo el federalismo del siglo XIX sino el país que los vio cabalgar y enfrentar a los enemigos internos y externos de una gran patria, frustrada, dividida y todavía inconclusa.

En efecto, los argentinos en particular y los latinoamericanos en general, tienen una visión deformada y trágicamente insuficiente de nuestra historia y de nuestros representantes federales del primer siglo independiente. De allí la equivocada interpretación de nuestra verdadera identidad y la falta de conciencia histórica y política, sustentada en la versión “porteña” de la historia, por un lado; convertida a su vez, como nos advertía Arturo Jauretche, en una “política de la historia”, pergeñada y llevada a cabo por la oligarquía porteño-bonaerense (que se apropió de los recursos nacionales en toda la primera mitad del primer siglo patrio sin compartirlos); coronada al fin en su propósito, con una consecuente colonización pedagógicaa través de la escuela, la universidad, los libros, los medios de comunicación y todo instrumento de educación y cultura a la mano, factores todos ellos que coadyuvaron y coadyuvan a nivel espiritual, intelectual y socio-psicológico, a nuestra irrealización como Nación, como sociedad y como pueblo: sin identidad, sin sentimientos nacionales arraigados, confundidos…; a no ser que, comprendiendo las causas u origen y la naturaleza de nuestros problemas, los miremos de frente y los encaremos definida y definitivamente para resolverlos.

¿Dos proyectos de país o uno solo?

A pesar de tantas batallas ganadas y de la Constitución Federal finalmente conseguida en 1853 después de muchas postergaciones y décadas de lucha, no hay duda de que las provincias, o sea la Nación, perdió esa guerra entre dos proyectos de país: el de la oligarquía, representada por la política porteño-bonaerense del Primer Triunvirato, el Directorio porteño, Rivadavia, Mitre e incluso Rosas (con una continuidad mayor que la que muchos historiadores pretenden ver entre Caseros y la federalización de Buenos Aires en 1880), por una parte, y el proyecto nacional de las provincias del interior argentino, por la otra, que en su conjunto representaban no solo a nuestro país todo, sino consecuentemente a la Patria Grande por la que habían luchado nuestros Libertadores San Martín, Bolívar, O’Higgins, Artigas, Güemes, Sucre y tantos otros guerreros de la Independencia y americanos de ley.

Por eso acierta quien señala que no existen en realidad dos proyectos de Nación sino uno solo. El otro no concibe una Nación sino una colonia o, a lo sumo, una semi colonia: políticamente independiente pero económica y culturalmente subordinada a los intereses de una minoría oligárquica aliada y consustanciada con los intereses políticos y económicos extranjeros.

Porque, si bien se pudo “constituir” un país federal -a pesar de todo-, todavía seguimos intentando “construir” una nación íntegramente realizada, sin desigualdades entre sus partes constitutivas a nivel político, económico, educativo y cultural, ni tampoco desigualdades flagrantes al interior de la propia sociedad, cuya brecha o grieta ha vuelto a dividirla en dos mitades cada vez más desiguales. La novedad es esa: la sociedad argentina cabalga en el mismo sentido y al mismo ritmo de la sociedad mundial, con ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres, sin atinar a ponerle fin a tanta injusticia y despropósitos.

Como ayer el clamor de las provincias, hoy se siente el clamor de las mayorías argentinas, ya no por la constitución de un sistema federal que se terminó de formalizar en 1880, sino por la conformación de un país y una Nación políticamente soberana, económicamente independiente, socialmente justa, culturalmente autónoma e integralmente unida a nuestros hermanos de la Patria Grande -intentada y varias veces derrotada a lo largo del siglo XX y del siglo XXI- que le dé oportunidad de realizarse a todos y cada uno de los habitantes de nuestro inmenso territorio argentino y latinoamericano, sabiendo con el general Juan Domingo Perón que ninguna persona podrá realizarse en un país que no se realice, y que tampoco podrá realizarse un país en un continente que no se realice.

El siglo XXI nos encontró dominados porque estábamos y seguimos desunidos, pues, como también decía complementariamente otro gran pensador argentino y latinoamericano -Jorge Abelardo Ramos-, “no estamos desunidos porque somos subdesarrollados, sino que somos subdesarrollados porque estamos desunidos”.

Para entrar de lleno en esta reflexión desde el punto de vista federal nacional y latinoamericano, veamos cuáles son y han sido las distintas visiones y/o concepciones de la historia que, o nos han impedido conocer y entender fehacientemente nuestra Patria para poder liberarla finalmente de sus graves problemas irresueltos o, por el contrario, han coadyuvado a entrever esos problemas y nos alientan a buscar las soluciones definitivas.

  1. Las concepciones principales de la historiografía argentina

La historiografía argentina ha dado paso a distintas concepciones o interpretaciones básicas de nuestra historia, según el punto de vista en la que los observadores (historiadores) se han parado para mirar los hechos y a sus protagonistas. Por ejemplo, Juan Bautista Alberdi -considerado un precursor del revisionismo histórico- hablaba de “dos países” antitéticos: Buenos Aires y las Provincias. De acuerdo a esa realidad vigente durante casi todo el siglo XIX, existen dos interpretaciones básicas de nuestra historia teniendo en cuenta esos dos espacios geopolíticos desde donde se la mira.

No obstante, existen diferencias dentro de dichas interpretaciones de uno u otro lado, que responden ora al lugar de pertenencia geopolítica de los observadores en el momento de los hechos históricos que se comentan o se informan (como entiende Alberdi), ora a la clase social a la que pertenecen o de los intereses sectoriales que representan (a veces sin ser del todo conscientes de ello) en el momento de los hechos o a posteriori, ora a la posición política e ideológica que defienden o con la cual se identifican en el pasado o en el presente histórico esos observadores.

Norberto Galasso -doctor Honoris Causa de la UNSJ y cultor de una tercera posición historiográfica en general -el revisionismo histórico nacional, federal y a la vez latinoamericano-, en su “Historia de la Argentina”, da cuenta de las diferentes corrientes historiográficas “que responden a las distintas ideologías en pugna” y que nosotros podemos resumir con criterio didáctico en: a) la Historiografía Oficial, Liberal-Conservadora o Mitrista y sus variantes; b) El Revisionismo Histórico Rosista y sus variantes; y c) el Revisionismo Histórico Nacional, Federal y Latinoamericano y sus variantes, que nosotros consideramos un verdadero revisionismo nacional por sus alcances y concepción, distinta y contradictoria con los otros dos revisionismos tradicionales, de más acotados alcances.

El revisionismo nacional, federal y latinoamericano, por ser el que más se acerca a la verdad histórica, en tanto representa los intereses efectivos de un universo mayor y representativo de todo el territorio argentino y aún latinoamericano, y de las mayorías nacionales y populares de todas las épocas en su continuidad histórica, ha sido definido a la vez como un auténtico revisionismo científico. “Revolución y contrarrevolución en la Argentina”, de Jorge Abelardo Ramos, es la obra que inicia esta visión de la historia en forma integral, aunque sin agotar su cometido.

Esta concepción del pasado argentino, definitivamente distinta a las otras dos, exhibe, sobre todo, una clara diferencia y/o divergencia con la historiografía mitrista (exclusiva y excluyentemente “porteña”); aunque también con el revisionismo rosista, a quien el revisionismo nacional considera una interpretación que adopta, aunque desde un punto de referencia más nacional y popular que la anterior, el punto de vista de Buenos Aires y/o de los intereses de la campaña bonaerense y en particular de su clase ganadera (representada por su mayor caudillo, Juan Manuel de Rosas), dejando en un lugar secundario los intereses y figuras del federalismo del Interior, reivindicado por la tercera corriente historiográfica mencionada, como el auténtico federalismo argentino durante el siglo XIX.

En algún momento, estas dos corrientes -la liberal-porteño-unitaria-mitrista (la única durante un largo período) y la rosista-federal bonaerense (a partir de 1930)- fueron las únicas dos corrientes historiográficas contendientes en la batalla cultural argentina, hasta que apareció esa nueva corriente que adoptaba una verdadera y genuina tercera posición (1940 – 1950), representando al país que las dos corrientes mencionadas ninguneaban o denigraban (en el caso de la primera), o simplemente -adoptando los criterios clásicos de la historiografía argentina anterior- lo concebían en un lugar secundario y no como verdadero eje de la historia argentina (en el caso de la segunda), desconsiderando que las provincias fueron la representación de las mayorías nacionales y populares en lucha contra los privilegios exclusivos, excluyentes y minoritarios (oligárquicos) de “Buenos Aires”.

Así fue desde la misma revolución de mayo de 1810 y, sucesivamente, durante el Primer Triunvirato, el Directorio, el predominio centralista de Rivadavia, Rosas y Mitre, e incluso hasta la federalización de Buenos Aires y, con ella, la creación de un Estado Nacional en 1880, que fue la última gran creación y aporte al país del federalismo nacional en el siglo XIX, después de la última batalla entre provincianos y porteños en Puente Alsina y los Corrales de Miserere.

El revisionismo federal y nacional en acción

A propósito, en el Prólogo a “Historia de Córdoba (1810 – 1880). Luchas políticas, guerras civiles y formación del Estado”, del Prof. Alejandro E. Franchini (cuyo libro es un claro ejemplo de revisionismo federal nacional), el historiador Roberto A. Ferrero -uno de los principales historiadores de esta corriente- pondera la obra de Franchini en la medida en la que “se hace cargo de una mirada historiográfica que va del Interior a la ciudad-puerto y no al revés”, como sucede con las otras interpretaciones históricas. Esta es una característica fundamental del revisionismo federal nacional.

Como señala el Prof. Franchini en la Introducción a la historia cordobesa desde esa mirada nacional, “los programas de estudio de la asignatura Historia en el nivel medio (donde Franchini ha sido profesor durante treinta años) se han estructurado habitualmente en base a dos ejes: la Historia “mundial” (fundamentalmente europea) y la Historia argentina”; aunque esta última,“ha sido desarrollada, en general, desde una visión “porteño céntrico”, en parte porque casi la totalidad de la oferta editorial de libros de texto proviene de Buenos Aires”. Así las cosas, “desde esta concepción, las realidades provinciales juegan un papel totalmente aleatorio” y secundario, no desmentida ni contradicha por las corrientes historiográficas en boga, a excepción de la corriente federal nacional.

En el Prólogo de “Claves de la historia de Córdoba” (1996), obra de Alfredo Terzaga -iniciador en el Interior de esta corriente que conforma una verdadera tercera posición historiográfica-, Roberto A. Ferrero realiza el estudio preliminar sobre la concepción histórica del pensador e historiador nacional de Córdoba con relación a la Historia Oficial y al Revisionismo Rosista. En cuanto a este último, sostiene Ferrero: “Terzaga reconocía en sus cultores el mérito de haber “reducido a escombros” a la historia oficial, “tarea previa e indispensable a los lineamientos de una nueva interpretación”, pero le imputaba no ser sino una versión “dada vuelta” de la misma historiografía mitrista combatida, en la que simplemente los próceres liberales (porteños) -de Rivadavia al mismo Mitre- eran desalojados del Olimpo argentino para instaurar en su sitio al nuevo ídolo: Juan Manuel de Rosas”.

Al no tener opinión sobre las etapas anteriores y posteriores a la que privilegiaba (aunque siempre desde la misma visión histórico-céntrica, mas no federal nacional y latinoamericana), “la historiografía rosista admitía tácitamente los valores usuales manejados por los autores mitristas”. Más ello obedecía, dirá Terzaga comentado por Ferrero, “a la circunstancia subyacente de que el héroe legendario de Ibarguren, Irazusta y Font Ezcurra (circunstancias después actualizadas y mejor enfocadas por autores como José María Rosa) había practicado durante todo su gobierno, y aún antes, una política puramente porteña (puerto único, monopolio porteño de las rentas aduaneras, negación y postergación sine die de la organización nacional y de la promulgación de una Constitución Federal), que continuaba el centralismo de Rivadavia y sería continuada por el unicato porteño del general Mitre” (quien abriría de par en par la puerta del Plata a la producción británica), contrariando en uno y otro caso los deseos, intereses y banderas del federalismo nacional o del Interior.

Cabe mencionar aquí, en qué medida, uno de los gobernadores y líderes del federalismo del Interior juzgaba imprescindible obtener sin demora la organización nacional y la Constitución Nacional que Rosas evitó siempre. Al protestar ante las autoridades nacionales por la usurpación de nuestras Islas Malvinas en 1833 -como bien señala el historiador santafesino Gustavo Battistoni, comprometido igualmente con esta visión federal y nacional de la historia-, Estanislao López no solo condenaba la injerencia británica en nuestro territorio insular sino que la atribuía, “en medio de la indignación que semejante atentado ha causado”, esencialmente (como otros males de la época), a la “inconstitución en que se encuentra el país, y en la figura poco digna que por ella representa” frente a otras naciones ya constituidas y en desarrollo, y que era, dicho con palabras del cubano José Martí, la razón de que “nos subestimen o nos tengan a menos”.

Recordemos también que, aparte de negarse a organizar y constituir el país en forma efectiva y eficiente, ante los hechos ya consumados por el general entrerriano Justo José de Urquiza, Buenos Aires primero se separó de la Confederación Argentina en 1852 y solo accedió en 1860 a considerar la Constitución de 1853, recién cuando pudo hacerle las modificaciones necesarias para beneficio de Buenos Aires, contrarrestando los beneficios para todo el país, en detrimento de una verdadera y profunda organización nacional y federal. Porque es necesario admitir, además, que una cosa es “constituir” un país y otra “construirlo” consecuente y convenientemente para el bien de la patria y el bienestar del pueblo en general y de cada uno de sus integrantes, sin distinción de lugar, clase, género, raza, creencias, condición, oficio o profesión, edad, etc.

Sin duda, la más importante y verdadera diferencia de Rosas con Rivadavia y Mitre, estuvo dada por la defensa de la Soberanía Nacional en el Paraná como representante de las provincias en sus Relaciones Exteriores, lo que le valió al gobernador de Buenos Aires el sable del Gral. San Martín por su digna y soberana conducta.

Hasta la misma Ley de Aduanas de 1835 -aunque resultó un paso adelante respecto a la política rivadaviana, como bien dice Enrique Barba citado por los historiadores sanjuaninos Carmen Peñaloza de Varesse y Héctor Daniel Arias-, “significaba la protección de los productos e industrias de todas las provincias, aunque no libraba a éstas de la tutela porteña”, ya que, “aunque se gravaba con fuertes derechos y hasta se prohibía la introducción en Buenos Aires de artículos extranjeros que pudieran competir con los porteños o con los de las demás provincias, el sistema comercial -para nada federal- seguía siendo el mismo. Solo el puerto de Buenos Aires era el habilitado para el comercio de ultramar(y para el cobro de los derechos de exportación e importación que retenía Buenos Aires), con lo que se obligaba a las provincias a sujetarse a la marcha económica de Buenos Aires y a sostenerse con sus propios recursos”, al menos hasta que se produjere “el derrame”, que nunca llegó durante el gobierno de Rosas. Precisamente, las verdaderas políticas nacionales comenzarían a tener vigencia en el gobierno de los hombres del Interior: Urquiza, Derqui, Sarmiento, Avellaneda, Roca y Juárez Celman y cuando, como reclamaba José Hernández todavía en 1870 en su poema testimonial, siempre y cuando viniere “un criollo a mandar”.

De esa manera se configuró nuestra vida nacional y el atraso del país y en particular del Interior respecto a Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX.

Obras consultadas:

Alberdi, Juan Bautista (2007). Grandes y pequeños hombres del Plata. Buenos Aires: Editorial Punto de Encuentro.

Galasso, Norberto (2011). Historia de la Argentina. Desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner. Buenos Aires: Editorial Colihue.

Terzaga, Alfredo (1996). Claves de la historia de Córdoba. Estudio preliminar de Roberto A. Ferrero sobre La concepción histórica de Alfredo Terzaga. Río Cuarto: Universidad Nacional de Río Cuarto.

Franchini, Alejandro (2018). Historia de Córdoba (1810 – 1880). Luchas políticas, guerras civiles y formación del Estado. Córdoba: Ediciones del Corredor Austral.

Battistoni, Gustavo (2022). Estanislao López. Nuestro contemporáneo. Rosario, Santa Fe: Germinal Ediciones.

Peñaloza de Varesse, Carmen, y Arias, Héctor D. (1966). Historia de San Juan. Mendoza: Editorial Spadoni S.A.

Salcedo, Elio Noé (2022). San Juan, Su Historia (todavía inédito).

2. Los intentos del federalismo del Interior por constituir una nación

Aquella República Federal, unida a la de una gran federación latinoamericana fue concebida e intentada institucional y militarmente por los caudillos del Interior en distintos momentos de la primera mitad del siglo XIX.

Por Gervasio Artigas, con su propuesta llevada por sus representantes a la Asamblea del Año XIII y por la que sus diputados, que impulsaban las autonomías provinciales y la independencia de España- entre otras, fueron rechazados.

Con igual propósito, el federalismo artiguista lo intentó nuevamente en 1815, al declarar la Independencia de España y de todo otro poder extranjero en Arroyo de la China, actualmente Concepción del Uruguay, durante el llamado Congreso de Oriente, al que concurrieron representantes de la Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, las Misiones y Córdoba. Esa fue la razón -equivocada o no-, a excepción de Córdoba que sí lo hizo, por la que las provincias del litoral argentino no asistieron al Congreso de Tucumán de 1816, convocado por el Directorio a instancias de San Martín, que para encarar la autonomía nacional de toda América necesitaba la declaración de la Independencia, para enfrentar -con sus manos libres, y no como súbditos- a sus antiguos camaradas de lucha en la guerra contra los franceses.

Hubo otro gran intento de organización nacional en la Convocatoria al Congreso de Córdoba de 1821, que pocos días después de la sublevación de Arequito (8/9 de enero de 1820) realizó su jefe militar, el cordobés Juan Bautista Bustos. En efecto, dicha convocatoria se realizó el 3 de febrero de 1820 -a menos de un mes de la rebelión militar en Arequito, plantándose ante las órdenes del Directorio porteño que pretendía reprimir al federalismo del Interior-, y a solo dos días de haberse producido la batalla de Cepeda, en la que el federalismo del Litoral derrotó y derrocó al Directorio porteño. Sin embargo, dejado Buenos Aires a su propio arbitrio (por exceso de federalismo o federalismo ingenuo; hoy diríamos por exceso de democratismo o democratismo ingenuo), el magno Congreso fue boicoteado y hecho fracasar por Rivadavia.

Hubo un tercer intento -así lo entendieron las provincias que enviaron sus representantes- convocado desde Buenos Aires en 1824 por el general Las Heras -a cargo de las Relaciones Exteriores de todo el país-, con la intención de promulgar una Constitución Nacional. Consultadas las provincias sobre el carácter que debía tener dicha norma nacional, se pronunciaron por el sistema federal. Sin embargo, otra vez se vio frustrada por los agentes de Rivadavia en el Congreso, que adulteraron la votación, la convirtieron a espaldas de los representantes federales en una constitución unitaria y terminaron eligiendo a Bernardino Rivadavia como presidente de la República en 1826, con el repudio de todo el Interior. En esas circunstancias tomó dimensión nacional la figura de Juan Facundo Quiroga, que como señala el historiador Alejandro Franchini, “esta vez fueron los del Interior profundo (Cuyo y Noroeste) las que reaccionaron más violentamente, acaudilladas por el riojano Juan Facundo Quiroga”.

Un cuarto gran intento lo constituyó el Congreso Federal Constituyente concebido y organizado por el Federalismo del Litoral, conducido por Estanislao López. Esa gran Asamblea Constituyente y la organización federal de la República era el propósito principal del Pacto Federal de 1831, firmado en principio por Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires, al que adhirieron enseguida Corrientes y Córdoba, y al que se plegaron después las demás provincias, conformando una Comisión Representativa con dicho fin.

Aquel propósito nacional fue boicoteado por Rosas al retirar su representante de dicha Comisión (con excusas totalmente secundarias), haciendo fracasar ese nuevo intento de organización nacional, para terminar quedándose por más de veinte años con todo el poder y los recursos del puerto de Buenos Aires y de su Aduana (pertenecientes a todo el país), hasta que el entrerriano Justo José de Urquiza, con el apoyo de todo el federalismo del Interior lo desalojara y concretara por fin la Constitución Federal de 1853.

Volviendo un poco atrás, podríamos agregar a esa importante lista de grandes intentos institucionales por hacer realidad la organización federal de la República, la determinante batalla de La Ciudadela, en Tucumán, ganada por el general Juan Facundo Quiroga en noviembre de 1831 a la Liga Unitaria comandada por el general La Madrid, después del apresamiento del general Paz poco tiempo antes.

Si, como dice el historiador firmatense Gustavo Battistoni, “desde diciembre de 1828 hasta el 4 de noviembre de 1831, cuando Quiroga destroza a las tropas de la Liga del Interior al mando de La Madrid, nunca nuestra patria estuvo en tal peligro de disgregación”, deberíamos considerar entonces a aquella batalla de La Ciudadela en Tucumán como un hito en el camino de la organización y/o la constitución federal del país y reconocerle a su triunfante jefe militar, por bien ganada, la dimensión que adquirió a partir de esa determinante batalla.

Sin duda, los más serios antecedentes federales del riojano estaban en su nunca desmentida lucha militar contra el poder rivadaviano, que en sí misma constituye otro hito en la construcción de esa patria federal, pero cuyas evidencias no terminan allí.

Por eso, creemos importante conocer algunos pormenores de esa “otra historia” y revisarla una vez más desde el punto de vista del “Interior profundo”.

Una parte de la historia casi desconocida

Historiadores porteños como del Interior confirman la acción política de Facundo Quiroga -líder del federalismo mediterráneo después de la muerte del general Bustos- por establecer ese país federal que las provincias del Interior le reclamaban a Buenos Aires, dueño del país y de sus recursos.

El 8 de enero de 1834 –un año antes de la muerte de Quiroga, según da cuenta el historiador Saldías- la legislatura de Mendoza sanciona una ley invitando a las provincias de San Juan y de San Luis “a constituirse las tres en unidad, con el nombre de Provincia de Cuyo, para entrar, así juntas, en la Federación Argentina bajo la protección de Don Juan Facundo Quiroga”.

Por ese mismo tiempo, “el general Heredia, gobernador de Tucumán, habla del próximo Congreso Constituyente promovido por el general Quiroga”. Recordemos que el doctor Alejandro Heredia, general de la Nación también, fue la mano derecha del general Facundo Quiroga en el Norte, después de secundar al coronel Juan Bautista Bustos en la sublevación de Arequito, habiendo sido antes el segundo del general Martín Miguel de Güemes en la lucha por la Independencia en las fronteras altoperuanas.

Incluso, después del asesinato de Quiroga el 16 de febrero de 1835, en un pasaje elocuente de la autobiografía de Alberdi, reproducida por el santafesino David Peña, el gran tucumano refiere: “Con ocasión de este fin trágico, me escribió el general Heredia lamentándolo por haber perecido con él (con Quiroga) los más hermosos y grandes proyectos. Yo supuse que los habían acordado juntos (Heredia y Quiroga en el Tratado del 6 de febrero de 1835, diez días antes de su muerte) antes de regresar a Buenos Aires. Nunca los conocí de un modo positivo, pues poco después fue asesinado Heredia. Yo he maliciado que se referían a planes y proyectos de la Constitución de la República…”, concluye Alberdi.

Cabe mencionar aquí, volviendo al relato cronológico, una carta de Laciar a Juan Bautista Alberdi, citada igualmente por David Peña, del 24 de junio de 1834 –seis meses antes de la misión final de Facundo Quiroga al Norte- que demuestra el compromiso y disposición de Quiroga -más allá de las críticas que recibe por residir en Buenos Aires y tener conversaciones con unitarios (enemigos de Rosas)-, de “traer a su regreso los elementos necesarios para imponer a Rosas, velis nolis, la organización política de la República”. En aquella carta, Laciar le dice a Alberdi: “Todos aspiran a constituir el país y principalmente el general Quiroga”.

Seguramente, el tema de la organización nacional y la Constitución están en las conversaciones que Quiroga mantiene en Buenos Aires con unitarios (que Urquiza también hubo de mantener para poder vencer a Rosas) y con el mismo Rivadavia de vuelta al país. “También se dice –agrega Laciar en su carta al gran intelectual tucumano- que en caso de constituir el país Quiroga será el presidente de la República!… y tú sabes que, si Quiroga se enoja y se va para el interior, puede fácilmente alarmar: reunidas las provincias pueden con facilidad equilibrar contra Buenos Aires”.

Reivindiquemos finalmente el propio Tratado del 6 de febrero de 1835 de las provincias del Norte como antecedente e intento de organizar con espíritu federal la República, pues ese tratado resulta la demostración cabal de que el caudillo riojano, lejos de haber dejado de lado la causa nacional de las provincias mediterráneas (entre las que se encontraban Córdoba, las seis del Norte y las tres de Cuyo), arriesga su salud y su vida para defenderla y dejar dicha situación registrada en ese documento, que Quiroga avala y preside con su firma junto a los representantes de las cuatro provincias norteñas (Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy): Ibarra, Heredia y Moldes (en representación de las dos últimas), tratado al que después adhieren Catamarca y La Rioja, según apunta el historiador provinciano Luis C. Alén Lazcano.

Surge allí -puntualiza con claridad y solvencia Alen Lazcano- la concreción de ese movimiento interno, que aspiraba renovar los propósitos formativos del Pacto Federal, bajo la égida norteña”.

Y si hubiera alguna duda sobre el carácter federal provinciano, nacional y estratégico de ese acuerdo, con el cuerpo de Quiroga todavía caliente, el Tratado de Santiago del Estero era rechazado “rápida, clara, firmemente” (Peña) por el mandamás bonaerense, demostrando la coherencia de uno y otro “federalismo” y la incompatibilidad y/o diferencias flagrantes entre el federalismo del Interior y la “santa federación” bonaerense (ni tan santa ni tan federal).

El 7 de marzo de 1835, menos de un mes después de la muerte de Quiroga, Juan Manuel de Rosas es elegido por segunda vez gobernador de Buenos Aires y asume su cargo con la suma del Poder Público, las facultades extraordinarias y el manejo de las relaciones exteriores en representación de las provincias.

Causalmente, y no por casualidad, la muerte de Quiroga, la de Heredia apenas tres años después, y para mayor tragedia para el federalismo provinciano, la del líder del federalismo del Litoral, Estanislao López, durante el año 38, condenaron el federalismo del Interior a la impotencia y postergaron dieciocho años la organización nacional y la consecución de una Constitución Federal, tal cual fuera uno de los motivos principales de aquella lucha provinciana y federal a nivel institucional y militar de casi medio siglo.

Pero antes de continuar, demos una vuelta de tuerca más a esa “otra historia”, todavía incompleta y no del todo aclarada, del presunto “porteñismo”, “unitarismo” o “rosismo” de Juan Facundo Quiroga, con el fin de disipar dudas, dado el complejo escenario y las variadas interpretaciones que se entrecruzan, incluso, en el mismo seno del revisionismo federal.

Desde el propio Interior profundo, ésta es nuestra visión de los hechos y de su protagonista principal en este caso: el riojano -caudillo provinciano y nacional- Juan Facundo Quiroga.

Obras consultadas:

Gustavo Battistoni (2022), Estanislao López. Nuestro Contemporáneo. Santa Fe: Germinal Ediciones.

Roberto A. Ferrero ((2022). Los caudillos artiguistas de Córdoba. Córdoba: Ediciones del Corredor Austral.

David Peña (1953). Juan Facundo Quiroga. Buenos Aires: Editorial Americana, 5ta. Edición.

Luis C. Alén Lazcano. Extraído de una publicación en Internet: http://argentinahistorica.com.ar/imprimir_libros.php?tema=7&doc=105&cap=680

Dejando de lado las razones psicológicas o de otro tipo que se arguyen –como vanidad personal, asfixia citadina, ausencia de opciones, dependencia porteña- para justificar la aceptación de esta misión por parte de Facundo, es legítimo preguntarse desde una perspectiva histórica provinciana y nacional, -y para nada contra fáctica, porque el hecho ocurrió, aunque sigue siendo motivo de interpretaciones-: ¿no es posible y hasta muy probable que Facundo, estando enfermo y cómodo en Buenos Aires, aceptara esa misión para –alejado de Buenos Aires- contrarrestar precisamente los planes de Rosas? ¿No había escrito Rosas en 1830, con argumentos rivadavianos, que la oportunidad para organizar a los pueblos y darles una Constitución sería cuando se acostumbren “a laobediencia y al respeto de los gobiernos”; y que había agregado en 1832, “hasta tanto reparan sus males y calman sus pasiones”; y le había repetido al mismo Quiroga durante ese año de 1834, que el país podría organizarse en términos federales “tan luego como las provincias estuviesen en paz”? ¿Estaba Facundo realmente de acuerdo con estas ideas? ¿No quería Facundo incluso desempolvar la Constitución de 1826 (de la que en un principio habían participado las provincias en su proceso de elaboración) con tal de que el país tuviera una Constitución o sencillamente como una contestación a Rosas? ¿No era ésta la oportunidad para Facundo de poner a los suyos en regla, juntarlos tras de sí y no darle más excusas al poder central de diferir la organización nacional y la sanción de una Constitución Federal como él había pretendido siempre y seguía pretendiendo?

3. Texto, contexto y lectura de una historia inconclusa

A fines de 1834, Facundo Quiroga reside en Buenos Aires desde hace algún tiempo, alejado de su intensa lucha de apenas tres años atrás y con un grave reuma por el que, según él mismo lo define, “los ratos de despejo no compensan los del decaimiento y destemplanza que sufro”; aunque según entienden algunos también, “entregado” a Buenos Aires. En esas circunstancias, es invitado por el gobernador de Buenos Aires Manuel Vicente Maza –hombre de Juan Manuel de Rosas- para actuar como mediador en un conflicto suscitado en el norte argentino entre las provincias de Tucumán y Salta y entre ésta y Jujuy a su vez. La invitación es aceptada por Facundo Quiroga a pesar de su enfermedad y de los peligros que le acechan… y vuelve a tomar el camino del Norte.

De hecho, de su gestión en el Norte surgirá el 6 de febrero de 1835 -diez días antes de su muerte- un Tratado de Paz, Amistad y Alianza Especial suscripto en la ciudad de Santiago del Estero con la firma de Facundo como garante y mediador y la de los gobernadores de Tucumán (Heredia), Santiago del Estero (Ibarra) y Salta (Moldes, en representación del gobernador Cornejo, que ha reemplazado a Latorre ante su derribamiento y deceso en la confrontación previa), representando en la firma del Tratado a la provincia de Jujuy, provincia dependiente hasta entonces de Salta y todavía no definitivamente constituida en forma autónoma.

La firma del tratado de Santiago del Estero, tan solo diez días antes de iniciar su vuelta a Buenos Aires y de enfrentar su muerte, como así también la resignada y silenciosa aceptación por parte del propio caudillo provinciano de su condena a muerte en Barranca Yaco –que podría haber evitado con solo elegir otro camino de vuelta, como le proponían sus seguidores-, introduce en nosotros la certeza de que la causa que guiaba a Facundo en sus últimos años era la misma que había defendido generosamente entre 1826 y 1832 en los campos de batalla, y que ahora retomaba y proseguía con las limitaciones de su enfermedad y los condicionamientos de una nueva estructura de poder en la Argentina, aunque con igual convicción en su misión al Norte de 1834/35.

Era la misma y profunda causa que lo guiaba, a pesar de la desacertada conducta que lo llevó a interceptar la correspondencia y “hacer públicas” (V. F. López) las disidencias con Rosas de los representantes de Córdoba y Corrientesderivación de la intención del caudillo riojano de obtener el dominio político de Córdoba para su proyecto de federación.

Si bien Quiroga les contestaba personalmente a los dos hombres del Interior cuyas cartas y posición coyuntural él cuestionaba, admitiendo incluso sus coincidencias de fondo con ellos, no obstante, al poner de hecho en conocimiento de Rosas los cuestionamientos del federalismo del centro y litoral, le daba objetivamente la excusa que necesitaba el caudillo bonaerense para desbaratar los planes de reunión para un próximo congreso federal constituyente, que la Comisión Representativa, creada por el pacto Federal de 1831 proyectaba en ese momento, con la ya sospechada resistencia de Buenos Aires.

Que la causa de la federación y organización constitucional de la república seguía siendo su causa entre 1832 y 1834, a pesar de todo, lo confirma también -además de las citadas referencias mencionadas en el capítulo anterior- la carta que Facundo Quiroga escribiera desde San Juan a Pío Isaac Acuña, gobernador delegado de la provincia de Catamarca con fecha del 1º de noviembre de 1833: “Sobre la constitución particular que debe darse a esa provincia”, acerca de la cual le preguntaba el gobernador catamarqueño. El caudillo nacional le recomienda a Acuña con profundo criterio autonomista y federal, sobre la necesidad de que “los pueblos hagan la constitución peculiar que caracteriza los derechos sociales, y arregle su régimen institucional para poder arribar a formar de este elemento, la constitución nacional”.

A diferencia de la Carta de Figueroa del 20-12-1834 (que Facundo recibirá apenas unos días antes de morir), donde Rosas reniega de la capacidad de las provincias y de los hombres de provincia para concebir y redactar una constitución –porque en realidad Buenos Aires no la necesitaba y no la deseaba tampoco, dueño como era de las rentas aduaneras y de las situaciones de provincia por esa misma razón-, Facundo le hace saber a su amigo catamarqueño, sobre “las dificultades que en todos los pueblos se tocarán por la falta de luces y de recursos, pero que essuperable cuando se trabaja con buena fe en favor del bien general”, en tanto “los varios códigos que se han dado en las legislaturas de las demás repúblicas, y los que han salido de la nuestra, aunque no hayan tenido efecto, sirven para descubrir las cosas que deben ser objeto de la constitución, o enseñar, al menos, el sistema de organización. Y lo demás debe hacerlo el conocimiento práctico del país, sus necesidades y sus relaciones”.

Un tratado no afín a Buenos Aires

El Tratado del 6 de febrero de 1835 es la demostración cabal de que Facundo Quiroga, lejos de haber dejado de lado los intereses de las provincias mediterráneas, arriesga su salud y su vida para defenderlos y hacerlos registrar en ese documento, que él firma junto a los representantes de las cuatro provincias norteñas.

En su biografía de Facundo Quiroga, David Peña resalta la importancia del Tratado, en primer lugar, por la participación de Quiroga como su garante, aunque también por cuanto “los gobiernos contratantes se reservan ocurrir a uno, dos o más gobiernos de la República, en caso de cualquier emergencia, solicitando su mediación, sin que precisamente se determine como árbitro al de Buenos Aires”, al que tanto le molestan los conflictos provincianos. El tratado faculta asimismo “al gobierno de Tucumán a dirigirse en nombre de los tres a los demás de la República –Heredia queda como cabeza de ese tratado- para que se adhieran al presente tratado si lo reputan interesante al bien nacional, debiéndose comunicar el resultado oportunamente”.

Finalmente, el Tratado de Santiago del Estero es, sin duda, la demostración y confirmación del carácter nacional, democrático y solidario del federalismo provinciano, que, ante un grave conflicto entre provincias, recurre a un acuerdo entre las partes hasta resolverlo fraternalmente, muy lejos de las pretendidas imposiciones virreinales e intendenciales y el carácter autoritario que el centralismo porteño-bonaerense había heredado, pretendiendo tener bajo su dominio y poder a las provincias -al menos en un país auténticamente federal-, sin compartir su puerto ni las rentas de su aduana, pertenecientes a todo el país.

Como hemos dicho, apenas fue conocido por Rosas este acuerdo, casi al mismo tiempo que era asesinado Facundo Quiroga en Córdoba, el tratado fue rechazado “rápida, clara, firmemente-afirma Peña- por el mandamás bonaerense que, además, en cartas a Felipe Ibarra, aunque con tres años de diferencia, además de prevenirlo de los peligros que corría también el santiagueño, se refiere en forma despectiva tanto a Quiroga como a Heredia después de muertos, con la misma falta de respeto a su memoria en ambas misivas, y con el argumento de que “es preciso no contentarse con hombres ni con servicios a medias y consagrar el principio de que está contra nosotros el que no está del todo con nosotros”.

Tanto Quiroga como Heredia y el mismo Estanislao López (como después lo demostraría también el sanjuanino Nazario Benevides, todos ellos pertenecientes al federalismo democrático del Interior), tenían otra concepción del poder y de las relaciones políticas. Naturalmente surgen aquí las profundas diferencias como así también la incompatibilidad del federalismo del Interior y la “santa federación”, de distinto origen, naturaleza y carácter.

El 7 de marzo de 1835, Rosas es elegido por segunda vez como gobernador de Buenos Aires, en esta ocasión con facultades extraordinarias y la suma del Poder Público, y el 13 de abril asume la gobernación con el manejo de las relaciones exteriores en representación de las provincias. El general Alejandro Heredia, gobernador de Tucumán y líder de las provincias del Norte es asesinado el 12 de noviembre de 1838. La organización nacional y la Constitución Federal tendrían que esperar 18 años -al parecer esta cantidad se repite trágicamente en la historia argentina- hasta 1853.

La muerte de Quiroga, y la de Heredia y López después, y la impotencia del federalismo argentino durante estos diecisiocho años, postergará la organización nacional y la consecución de una Constitución Federal, que Rosas le había negado expresa y explícitamente al caudillo riojano en forma escrita poco antes de morir, en carta fechada el 20 de diciembre de 1834 desde la Estancia de Figueroa (y que recién le llegó a Quiroga en viaje hacia Barranca Yaco). Ese documento resultó, al fin y al cabo, la plataforma de justificación y fundamento del caudillo bonaerense para mantener el monopolio de la Aduana de Buenos Aires y sus portentosas rentas y no responder afirmativamente durante toda la extensión de su gobierno pretendidamente federal a las exigencias genuinamente federales y nacionales del Interior argentino.

Hechas estas reflexiones y aclaraciones desde nuestro punto de vista, aboquémonos a conocer un poco más sobre el origen, carácter y sentido histórico del federalismo del Interior en sus distintas etapas y manifestaciones.

Obras citadas:

David Peña (1953). Juan Facundo Quiroga, 5ª Edición; Vicente Fidel López (1960) Historia de la República Argentina, Tomo VI, Sexta Edición; Adolfo Saldías (1911). Historia de la Confederación Argentina. Tomo II; Juan Bautista Alberdi (1901). Escritos Póstumos. Tomo XV.

4. Origen, carácter y sentido histórico del federalismo nacional

Para introducirnos brevemente en el tema, conviene saber con Alfredo Terzaga que lo que se conoce como federalismo o “llamamos Partido Federal, no nació entero de la noche a la mañana ni se mantuvo como algo homogéneo o idéntico a través de nuestras peripecias civiles”. En efecto, “circunstancias diversas de tiempo, de lugar y de coyuntura política –factores que condicionan en última instancia su carácter y sentido histórico- fueron determinando que el pabellón federal recubriera muy distintos programas, muy diferentes matices y a veces hasta muy opuestos intereses”.

En ese mismo sentido, advierte Roberto A. Ferrero respecto al fenómeno federal, que “solo con posterioridad (a 1820) y pausadamente, fue constituyéndose como un cuerpo de ideas”, de tal manera que, “las primeras proclamas de los caudillos y las instrucciones iniciales de los Cabildos de provincia planteaban principalmente la exigencia del gobierno propio, la necesidad de la protección para determinadas industrias artesanales y la cesación de las expediciones punitivas contra los pueblos”, que cada tanto organizaba Buenos Aires para imponer su poder y su política librecambista. En cambio, aclara Ferrero, “la problemática de la nacionalización de la Aduana porteña, la coordinación de las autonomías locales con las facultades del poder central, la discusión doctrinaria sobre las ventajas y los males del librecambio en Pedro Ferré, son todos temas que van a apareciendo con posterioridad al año XX”.

De allí que el federalismo no sea uno ni el mismo en el espacio ni en el tiempo. De hecho se pueden apreciar a grande rasgos en el tiempo, tres etapas o períodos políticos del federalismo entre 1810 y 1853: el Federalismo Artiguista o Artiguismo (con sede en la Banda Oriental y el acompañamiento del actual Litoral argentino, con ramificaciones o extensión en casi todo el país de los argentinos, que concluye en 1820 con el exilio definitivo de Artigas en el Paraguay); el Federalismo del Interior argentino o federalismo nacional (que sucede al artiguismo en la lucha por un país federal); y por último, y el más tardío y discutible, el Federalismo Bonaerense (luego transformado en “Santa Federación”) que -en conflicto con el ala unitaria y más liberal del “partido de Buenos Aires”- aparece con Manuel Dorrego y se consolida con Juan Manuel de Rosas.

En cuanto al propio Federalismo del Interior, heredero del Federalismo Artiguista a partir de 1820, podemos considerar que hubo dos expresiones genuinas en la primera mitad del siglo XIX: una rama mediterránea o federalismo mediterráneo (con sede en Córdoba en un comienzo, e integrado por las provincias del Norte y Cuyo, que nace con la sublevación de Arequito el 9 de enero de 1820), y una rama litoraleña o federalismo del Litoral (con sede en Santa Fe, e integrado por esta provincia, Entre Ríos, Corrientes y las Misiones, que tiene su bautismo de fuego propio en la batalla de Cepeda y el derrocamiento del Directorio el 1 de febrero de 1820).

En “La saga del artiguismo mediterráneo”, Roberto A. Ferrero aclara que lo que el federalismo del Interior deseaba “era la organización nacional, pero en un pie de igualdad con la metrópoli porteña, sin subordinaciones ruinosas para su economía y deprimentes de su calidad de pueblos capaces de autogobernarse”. La diferencia con los unitarios no estribaba en el rechazo a “la unidad constitucional de la nación”, sino al dominio de una provincia (la ciudad-provincia de Buenos Aires) sobre las demás. Por eso, como dice Alfredo Terzaga, “casi no hubo caudillo que en algún momento no tratara de contribuir a la organización del país y de pedirla, como requisito indispensable para que sus provincias salieran de la asfixia, el aislamiento y el atraso”, condición que por supuesto Buenos Aires no sufría, dada su condición natural de ciudad portuaria y provincia ganadera, extensa y poseedora de los suelos más fértiles de la República.

A propósito de la compatibilidad federal entre autogobierno, unidad nacional y constitución de la Nación, el federal cordobés José Javier Díaz, en su oficio del 10 de octubre de 1815, ya se peguntaba: “¿Es lo mismo unión que dependencia?”. Y agregaba: “Es preciso no equivocar las palabras ni el significado de ellas, y entonces se verá claramente que Córdoba, sin embargo, de hallarse independiente (autónoma), se conserva y desea permanecer en la perfecta unión y armonía con el Pueblo y Gobierno de Buenos Aires”. Pero como sabemos, Buenos Aires no concebía la unidad sin subordinación de las provincias y de sus habitantes, en 1826, con Rivadavia, promovería “la unidad a palos”, y desde 1830 a 1852 esquivaría e impediría la organización nacional y la obtención de una Constitución Federal para el país.

La conformación del federalismo nacional: de la Banda Oriental al Norte y Cuyo

Si seguimos la línea temporal histórica que describe Ferrero en “La saga del artiguismo mediterráneo” (1810 – 1820), aparte del movimiento artiguista principal de la Banda Oriental (Artigas), de la que participan también hombres del Litoral como Pancho Ramírez de Entre Ríos, Estanislao López de Santa Fe y Andresito Artigas de las Misiones, se manifiestan algunas expresiones artiguistas autonómicas (autonomistas artiguistas o de influencia artiguista) tierra adentro, es decir en el Norte, Córdoba y Cuyo, que acompañan esa primera expresión del federalismo provinciano y nacional: tal es el caso –entre 1810 y 1820-, de José Javier Díaz y Juan Pablo Bulnes en Córdoba; de Juan Francisco Borges en Santiago del Estero; de Domingo Villafañe en La Rioja; de José Moldes en Salta; o de Fray Justo Santa María de Oro en San Juan y Cuyo.

Así también hay un autonomismo provinciano –no necesariamente artiguista, y antes de la conformación de eso que aceptamos en llamar Federalismo Mediterráneo, cuyos casos más destacados son: el del mismo general José de San Martín en 1814, reelegido como gobernador en Cuyo por el propio pueblo cuyano, protagonista de la primera revolución autonomista(como la denomina el historiador Roberto Ferrero) contra la voluntad y decisión del Directorio (que finalmente, salvo el apoyo personal de Martín Pueyrredón, se desentendería del Ejército de los Andes y de las provincias cuyanas); y el de Martín Miguel de Güemes en Salta, al frente de un gobierno autonomista de facto” contra “la sorda resistencia de la oligarquía salto-jujeña” (1815 – 1821), aliada de Buenos Aires.

Si bien Güemes no se sentirá representado por el federalismo como fuerza y sistema político hasta la sublevación de Arequito, la proclama y convocatoria a un Congreso Federal Constituyente del general Bustos, lo tendrán entre sus apoyos y auspiciantes. Igualmente, el Gral. San Martín se contará entre los que apoyan dicho Congreso, aparte de negarse también (como Bustos, Paz y Heredia en Arequito) a poner el Ejército de los Andes al servicio de Buenos Aires (desobediencia histórica) para reprimir la lucha del Interior por sus derechos políticos, económicos, sociales y culturales.

Artigas y el Congreso de Córdoba

El año XX, “por una cruel ironía de la historia” –señala Ferrero-, es al mismo tiempo el año de la derrota de José Artigas y el de la victoria de sus lugartenientes (López y Ramírez) y de otros caudillos provincianos, es decir del nacimiento de lo que Terzaga postula como la siguiente etapa federal, que podríamos llamar en nuestro esquema temporal, el segundo federalismo argentino. La derrota y los conflictos internos estaban a la vuelta de los planes y de las buenas intenciones del “Protector de los Pueblos Libres”.

No obstante, sobreponiéndose a las vicisitudes de su destino, como auténtico federal, ya derrotado por los portugueses y abandonado por alguno de sus propios socios, Artigas “volcó sus últimos esfuerzos sobre Bustos y las provincias mediterráneas para apoyarlas en la tarea de constituir la unidad federal de la Nación, siempre resistida por Buenos Aires”. Así, Artigas –junto a Bustos- coadyuvó al nacimiento de uno de sus hijos dilectos –el federalismo mediterráneo-, sin poder disfrutar los halagos de su paternidad y de su esfuerzo a lo largo de su concepción.

Si López (Santa Fe) y Ramírez (Entre Ríos) triunfaban sobre el Directorio y Buenos Aires el 1° de febrero de 1820 en la Batalla de Cepeda, terminando con el poder omnímodo de la ciudad-puerto, veinte días antes, Bustos (Córdoba), Paz (Córdoba) y Heredia (Tucumán), con el apoyo de Felipe Ibarra (Santiago del Estero) desde su comandancia de frontera en el chaco santiagueño, habían sublevado el Ejército del Norte en Arequito contra los planes de represión del Directorio a los movimientos anti porteños en las provincias. Por eso creemos ver en la sublevación de Santa Fe de la madrugada del 8/9 de enero de 1820 encabezada por Juan Bautista Bustos, secundado por el tucumano Heredia, con el apoyo del santiagueño Ibarra –los tres serían luego gobernadores de sus respectivas provincias por voluntad de sus pueblos- el nacimiento de lo que hemos dado en llamar el Federalismo Mediterráneo. El general José María Paz (que también participa en Arequito) -dado su fuerte carácter individual y sus ambigüedades políticas- será asimismo gobernador de su provincia, pero no precisamente por voluntad de su pueblo, no integrará las filas del federalismo mediterráneo y tomará otro rumbo,

En cambio, a través de su Proclama del 3 de febrero de 1820, apocos menos de un mes de la rebelión de Arequito y dos días después de la batalla de Cepeda, el general Juan Bautista Bustos hacía saber a Estanislao López (Santa Fe), Martín Miguel de Güemes (Salta), Bernabé Araoz (Tucumán) y José Javier Díaz (Córdoba) sobre los sucesos de Arequito, y el 16 de febrero –mostrando su innata condición de liderazgo militar, político e intelectual en ese frente- se comunicaba con el “Protector de los Pueblos Libres”, a través de un largo oficio en el que “analiza la frustración de la alegre perspectiva de Mayo”, “critica al Directorio que usaba las fuerzas destinadas a enfrentar el enemigo realista para combatir a sus mismos hermanos y arruinar las mismas Provincias”, explicando a su vez la memorable jornada de Arequito. Llamaba además a la unión de todos los patriotas y le expresaba a Artigas la esperanza de que el gran caudillo federal le diera a la Proclama de Arequito la importancia que ella merecía.

En otro oficio al día siguiente, Bustos le mostraba al caudillo oriental –referente principal del federalismo argentino hasta ese preciso momento- su fidelidad al clamor popular y se justificaba de su silencio anterior a la sublevación federal de Arequito, “porque las circunstancias no me permitían otra cosa y aun no se había generalizado bastantemente la opinión pública a favor del sistema federal”.

Asimismo, pasando del dicho al hecho, le explicaba a Artigas -el gran organizador del Congreso Independentista de los Pueblos Libres de 1815- sobre la convocatoria al Congreso Federal que estaba programando en Córdoba para 1821, invitando a las demás provincias “para que a la brevedad envíen sus diputados a ésta, que es la que me parece media mejor las distancias, a efectos de que cuanto antes se organice el Estado por medio de una Constitución General que conciliando los intereses de todos, fije y establezca la administración general…”.

En un tercer oficio al gran federal americano, refiriéndose nuevamente al Congreso que organizaba en Córdoba, Bustos le solicita su cooperación para “su más pronta formación”, asegurándole que, “con este paso acabará su V.E. de afianzar para siempre su reputación en la opinión pública y estas provincias y el mundo entero reconocerán en la persona de V.E. al Whashington de ellas y de Sud América”.

Sin embargo, la derrota frente a los portugueses, la traición de Ramírez en connivencia con Buenos Aires e incluso la desoída advertencia respecto a no dejar a Buenos Aires las manos libres para actuar, hasta no asegurar la organización nacional y una Constitución Federal, desarmarían a Artigas y lo acorralarían definitivamente en su exilio paraguayo.

De hecho, así, por necesidad histórica y sin imponerle en definitiva a Buenos Aires las condiciones de su victoria (que le impidiera volver sobre sus pasos, como finalmente sucedió), nacía el federalismo argentino en su nueva etapa, uno de cuyos vástagos era el federalismo mediterráneo, que pronto reuniría, además de Córdoba, a las provincias de Mendoza, San Luis, San Juan, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy, con sus respectivos caudillos provinciales y/o regionales, que construirán ese gran movimiento o se irían incorporando a él.

Por su parte, si como dijimos, el federalismo del Litoral había formado parte importante y necesaria del federalismo artiguista, la desaparición de escena del caudillo oriental lo puso frente a la tarea inconclusa de su antecedente federal, destacándose prontamente el liderazgo de Estanislao López y la concurrencia de las cuatro provincias litorales -Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y las Misiones- aunadas en un mismo propósito.

5. Un año crucial en la historia argentina

Si hacemos una síntesis del Año 20 del siglo XIX, en efecto, dicho año resulta ser crucial en la historia argentina, año en el que se producen esos dos grandes hitos: la sublevación militar de Arequito (Bustos, Paz, Heredia), con explícito signo federal y anti directorial (8/9/1/1820), y la batalla de Cepeda del 1/2/1820 (López, Ramírez), que depone al Directorio porteño y derriba la institución directorial. Esos dos hechos producen una verdadera revolución en todo el país de los argentinos, con importantes consecuencias inmediatas que, con fines didácticos, podemos resumir así:

1. Nacimiento de un nuevo movimiento federal –más de carácter defensivo, hasta convertirse en ofensivo con Justo José de Urquiza en 1852-, con dos fuertes alas: el ala mediterránea (encabezada precisamente por los líderes de la sublevación de Arequito) y el ala del Litoral (encabezada por los triunfadores de la batalla de Cepeda), que ocupan el lugar que deja vacío el artiguismo (primera expresión nacional del federalismo argentino en la primera década patria).

2. Con el nuevo movimiento federal se forja la era de los caudillos federales del interior argentino o “democracia de a caballo”, con participación efectiva de las masas rurales del Interior (“una lanza, un voto”) –“democracia” hasta entonces concentrada en las ciudades-, entendiendo con Alberdi que “los caudillos son la democracia”, y que tal nombre es nuestra forma original de llamar al “jefe de las masas, elegido directamente por ellas, sin injerencia del poder oficial, en virtud de la soberanía de que la revolución ha investido al pueblo todo, culto e inculto”.

3. Se produce una “eclosión de autonomismo” en todo el interior mediterráneo (Córdoba, Santiago del Estero, La Rioja, Tucumán, Salta y Cuyo), que redunda en la aprobación de Constituciones y leyes e instalación de un verdadero orden legal en las provincias adheridas, al contrario de Buenos Aires, que, aunque también se autonomiza como las demás provincias, vive una verdadera “anarquía” (tres gobernadores en un mismo día), que los próceres de la “contrarrevolución” endilgan a las provincias. Recordemos que el término “revolución” y “contrarrevolución” fue utilizado con verdadero acierto por San Martín y Vicente López y Planes en su correspondencia de 1830 para señalar la grieta entre los sectores nacionales y los sectores porteños.

4. Dueño de la situación en esta parte del país, el general Juan Bautista Bustos convoca al Congreso Federal de Córdoba, incluso con el apoyo de San Martín y Güemes.

5. Buenos Aires, a pesar de haber sido derrotada militarmente (pero no del todo políticamente), comienza a conspirar contra la República Federal para imponer nuevamente sus designios, condición conspirativa que adopta gracias a la “generosidad” del federalismo del Interior que, a pesar de haberla derrotado, permite subsistir a sus clases y sectores anti nacionales que medran en territorio porteño-bonaerense.

6. La conspiración de Buenos Aires, con Rivadavia a la cabeza, produce el boicot y fracaso del Congreso de Córdoba de 1821, al que hasta el general Martín Miguel de Güemes –autonomista de hecho, pero no enrolado en el federalismo hasta entonces- envía desde Salta sus representantes, convencido definitivamente del ideario federal.

7. Con las autonomías provinciales –el autogobierno-, comienzan a aparecer progresivamente en el orden del día de los asuntos nacionales a resolver por las provincias, distintas necesidades políticas, institucionales y económicas, según se va ir explicitando en el tiempo con la maduración del movimiento federal: la institucionalización del sistema federal (necesidad de organización nacional y de una Constitución Federal), y con la organización institucional, administrativa y económica de la República Federal, la necesaria democratización, federalización y/o nacionalización de los recursos financieros que depara el Puerto Único y sus exclusivas rentas, que Buenos Aires monopoliza para su uso exclusivo y excluyente, sustrayéndolas al conjunto de las provincias que las necesitan para poder gobernarse, vivir y desarrollarse también.

Sin embargo, si bien la oposición de Buenos Aires a los designios federales en esta oportunidad va a reanudar la lucha civil, es necesario saber también que tanto la aparición del Artiguismo, como la del federalismo provinciano en el interior contra Buenos Aires, responde además a otras causas históricas y no solo coyunturales.

6. La política de Buenos Aires, causa eficiente del federalismo argentino

La aparición del artiguismo en la Provincia Oriental –provincia argentina hasta 1828-, así como en las regiones de nuestro litoral mesopotámico a poco de la revolución de Mayo, da cuenta eficiente de una situación de rebeldía que eclosionó entre 1813 y 1814, dada en principio por la rivalidad entre los puertos de Buenos Aires y el de Montevideo, pero también por factores económicos específicos que hacían peligrar el sistema de vida del gauchaje y de los pastores criollos.

El anulamiento de las posibilidades fluviales de la zona litoral por obra del monopolio aduanero bonaerense; los arreglos vergonzosos y abusos de las autoridades porteñas y montevideanas, a espalda de los pueblos de ambas orillas del río Uruguay; la tolerancia porteña a la invasión lusitana a la Banda Oriental; los sacrificios impuestos a las masas rurales y provincianas por el esfuerzo de la guerra de la Independencia; y la negativa centralista a reconocer el derecho de cada provincia a elegir sus propias autoridades, fueron factores que se conjugaron para crear un generalizado malestar en esa extensa región del Plata.

Todo confluía –dice Jorge Abelardo Ramos- para hacer del gobierno directorial de la ciudad de Buenos Aires (1814 – 1820) el poder más impopular del país”. En semejante situación –apunta Roberto A. Ferrero-, “la rebelión gaucha se extendió como un incendio desde las llanuras santafesinas hasta el corazón de las antiguas misiones jesuíticas”, en tanto “durante los meses finales de 1813 y los primeros de 1814 las divisiones porteñas enviados a reprimir el alzamiento”, retrocedían derrotadas.

En marzo de 1814, todo el territorio mesopotámico y la campaña de la Banda Oriental reconocía la supremacía de Artigas y se había dado sus propios gobiernos federales. Por su parte, en las duras circunstancias que generaba la lenta crisis de las economías mediterráneas, colige Ferrero, “se incubaban las condiciones para el surgimiento de los primeros caudillos” del centro, norte y oeste del país. Ello tenía a su vez una explicación histórica.

La creación del Virreinato del Río de la Plata con cabecera en Buenos Aires, había roto el equilibrio logrado por las economías del Norte y Cuyo, agravada dicha situación por el derrumbe de los antiguos circuitos comerciales del Alto Perú y del Pacífico. A esto se sumó la crisis económica y social que la guerra de la Independencia, por un lado, y la política librecambista del Puerto Único, por otro, que terminaron de imponer y generalizar una situación angustiante en el Interior.

Reparemos en que las provincias mediterráneas carecían de puertos y sus productos artesanales o industriales eran arrasados por la competencia de los productos extranjeros más baratos, insertados en el mercado local en grandes cantidades, sin ninguna ganancia tampoco en el intercambio comercial, de la que solo se beneficiaban los exportadores e importadores porteños, socios de los industriales ingleses. Las poderosas familias de comerciantes de provincia debieron reorientar sus circuitos comerciales hacia Buenos Aires “para recoger las migajas de los importadores porteños”, refiere Alfredo Terzaga.

El malestar fue adquiriendo “caracteres cada vez más acusados, cuando el Interior, después de haber perdido su salida y comunicación con el Norte, perdió también, a raíz de la ocupación portuguesa y de la guerra brasileña, su salida por la Banda Oriental y por el Puerto de Montevideo”, completa el historiador y pensador nacional de Córdoba.

No hay duda de que “el federalismo provinciano –como sostiene Ferrero- nació como una reacción defensiva del interior ante el avasallamiento del centralismo portuario, que destruía sus instituciones y cegaba sus fuentes productivas”, sin descontar que “Buenos Aires se opone a cualquier intento de organizar el país, si la iniciativa parte de las provincias”, como advierte a su vez Denis Conles Tizado.

Para Buenos Aires, lo importante era “organizar la nación bajo su hegemonía” (tesis unitaria de Rivadavia y Mitre), y si no, no organizarla y seguir dominando a las provincias por el usufructo de sus recursos y por su debilidad institucional y económica, separando o aislando a unas de otras (tesis “federal” de Rosas), con la ilusión de una soberanía que no podían ejercer efectivamente mientras no se constituyeran nacionalmente y fundaran un Estado nacional y federal que las representara por igual a todas.

En esta nueva fase defensiva del federalismo del Año XX, las provincias, como que sus hijos habían conformado los ejércitos de la Independencia y sus caudillos habían sido sus jefes militares contra godos y portugueses (Artigas, Güemes, Bustos, Ibarra, Heredia), aparte de las reivindicaciones concretas respectivas –autonomía, proteccionismo y luego nacionalización de la Aduana de Buenos Aires, entre otras-, estaban de consuno con la causa general de libertad, independencia y unidad americana (Bolívar, San Martín, Güemes y el mismo Artigas), contra la Ciudad-Puerto, que, además de mandar los ejércitos de la patria a reprimirlas (con la patriótica desobediencias de ellos), le negaba sus recursos tanto a las provincias como a la gesta libertadora continental, y prefería pensar solo en sus negocios con el extranjero.

La comprensión de esa doble tarea: derrotar al enemigo interno que impedía desarrollar a la Nación, y derrotar al enemigo externo que impedía nuestra independencia, era asumida lúcida y espontáneamente por el federalismo del Interior en todos sus matices.

Al parecer esa historia no ha terminado, cuando nuevamente la clase de financistas, intermediarios, exportadores e importadores de la Ciudad Puerto –con nuevos privilegios y poderes a partir de haber sido convertida en ciudad autónoma (1994)- presiona sobre el Estado Federal para volver a hacer su voluntad a expensas de todos. Tampoco es en vano insistir para el presente y futuro inmediato de nuestra Patria Grande, que los canales y corredores inter oceánicos y todos los proyectos que unen ambos océanos y de una punta a otra nuestro Continente-Nación, restablecerán aquel equilibrio perdido en 1776 al crearse el virreinato platense sin tener en cuenta sus graves consecuencias para el Interior.

Obras consultadas:

Roberto A. Ferrero (1996). La saga del artiguismo mediterráneo. Córdoba: Alción Editora; Alfredo Terzaga (1914). Federalismo Nacional o Federalismos Regionales. Córdoba: Edición del Compilador. Jorge Abelardo Ramos (2006). Revolución y Contrarrevolución en la Argentina. Tomo I: Las masas y las lanzas. Buenos Aires: Dirección de Publicaciones del Senado de la Nación; Denis Conles Tizado (2001). Juan Bautista Bustos. Córdoba: Ediciones del Corredor Austral. Juan Bautista Alberdi (2007). Grandes y pequeños hombres del Plata. Buenos Aires: Editorial Punto de Encuentro.

7. Entre el Federalismo del Litoral y el Federalismo Mediterráneo

Tampoco debemos olvidar, en la medida en que la memoria de esos hechos y la premisa de su no repetición es garantía para construir esa nación por la que luchó el federalismo nacional en el siglo XIX, que esa lucha se vio opacada también y finalmente neutralizada durantelos primeros cuarenta años de nuestra historia autónoma de España, debido a las rencillas y disputas internas por el poder y la preeminencia en el propio federalismo del Interior. Dicha disputa generó la tragedia de Barranca Yaco, benefició a Buenos Aires y postergó hasta 1853 la organización federal del país.

Con el atinado título de “Los Reynafé, entre López y Quiroga” (que bien podría entenderse “entre el Federalismo del Litoral y el Federalismo Mediterráneo”), en su “Breve Historia de Córdoba”, al referirse a las dificultades que tuvo el coronel José Vicente Reynafé cuando le tocó gobernar Córdoba, el historiador Roberto A. Ferrero pone en contexto esas dificultades y da algunas precisiones sobre los trágicos hechos de 1835, revisión que completa en su último libro “Los caudillos artiguistas de Córdoba”.

Al destacar las realizaciones del federal cordobés “en medio de dificultades de todo orden, que dieron a la época de Reynafé un carácter tumultuoso”, Fererro atribuye a “la ambición de Facundo Quiroga, amo indiscutible de nueve provincias, la intención “de asentar también su dominio sobre Córdoba, perspectiva ésta que resistían los Reynafé”, hombres también, por su ubicación geopolítica, del federalismo mediterráneo. La misma legítima ambición sostenía López desde Santa Fe, aunque la forma de dirimir dicho liderazgo no transitaría por los mejores carriles.

En medio de dicha contradicción y conflicto entre el caudillo riojano –aliado de Bustos mientras éste vivía- y Reynafé, que ahora se movía en “la órbita de Estanislao López”, se produjo ese episodio que hemos ya mencionado y que echa sombra sobre Facundo Quiroga por encima de otros que podrían cuestionar por alguna razón su accionar o manera de pensar.

Veamos un poco más en detalle los hechos: el canónigo Juan Bautista Marín –diputado por Córdoba a la “Comisión Representativa” creada por el Tratado Federal de 1831 entre las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires, “escribió a sus amigos en el Interior en marzo de 1832, instándolos a desconfiar de Buenos Aires” y concentrarse detrás de las provincias del Litoral y Córdoba “para organizar federalmente la República”. Otro tanto hizo el doctor Manuel Leiva, representante de Corrientes, con veraces argumentos que describían el dominio que ejercía Buenos Aires a través del monopolio de la aduana porteña, entre otras consideraciones.

Quiroga entró en posesión de esa correspondencia y, en una actitud impropia, y sobre todo inconveniente para los intereses del Interior, “hizo públicas” las cartas de los representantes de Córdoba y Corrientes, y se las envió a Rosas -su aliado de coyuntura-, que tuvo así “argumentos” para justificar el retiro de su representante de la Comisión Representativa y la quita de su apoyo a un Congreso Federal Constituyente, postergándolo sine die.

Queremos entender, sin justificarla, que la indebida conducta de Quiroga fue el resultado de la disputa por el poder y la preeminencia dentro del federalismo del Interior entre Facundo Quiroga (líder en aquel momento del Federalismo Mediterráneo) y Estanislao López (gobernador de Santa Fe y líder del Federalismo del Litoral), que disputaban además el apoyo de Córdoba.

Podríamos deducir también, que aquella actitud de Quiroga fue el fruto del enojo y resentimiento que le produjo la exclusión del federalismo del Norte y Cuyo en los planes federales del Litoral y Córdoba para “organizar federalmente la República”, dada la firma del Pacto Federal de 1831 sin la participación de las demás provincias en esa primera instancia.

Nos preguntamos: ¿No podría haber supuesto Quiroga que, al ser dejado de lado, él también tenía derecho a negociar y pactar con Buenos Aires de acuerdo a sus propias razones políticas? Incluso podría llegar a pensarse que hasta las mismas conversaciones de Facundo con rivadavianos y unitarios en Buenos Aires, y la propia reivindicación de la Constitución de 1826 que se le atribuye -a falta de otra en ese momento-, no era precisamente una muestra de su dependencia de Rosas sino, por el contrario, un desafío a Rosas, a su poder omnímodo y a su rechazo a toda organización nacional y Constitución Federal, como lo había hecho Rivadavia un lustro antes, a quien Quiroga había combatido por las armas. ¿No utilizaría el general Urquiza esa misma táctica política veinte años después, al establecer acuerdos tanto con federales como con unitarios, con brasileros y uruguayos, para derribar a Rosas y organizar el país bajo una Constitución Federal?

Tampoco dejemos de lado entre las razones de la inapropiada conducta de Quiroga al mostrar las cartas de un sector del Interior, la misma justificación que el propio Quiroga alega en carta a Marín (el representante cordobés) y Leiva (representante de Corrientes a la Comisión Representativa), transcriptas por Vicente Fidel López, en la que expresa, ingenuamente, estar convencido de las buenas intenciones de Buenos Aires, en quien Quiroga confía en ese momento (y con quien López había firmado otros pactos), o a quien Quiroga supone manejar y/o tener del lado de su causa.

En la carta respectiva, Facundo le dice a Marín, descubriendo en última instancia cuál es la razón transparente (aunque ingenua e impropia) de su comportamiento: “… Yo también soy provinciano e interesado, como el que más, en la felicidad de todos los pueblos que componen la República, en cuya línea a nadie cedo; porque aun cuando hay otros que han trabajado más que yo por el bien general (podría estar refiriéndose a Artigas, Bustos e incluso a López), ninguno dejará de confesar que no he omitido ningún género de sacrificios, estando en la esfera de mi poder”. No parece ser ésta una confesión de abandono del ideal federal ni la de alguien que actúa en las sombras e hipócritamente. “Y si fuera efectiva la acriminación que usted hace a la provincia de Buenos Aires -le insiste a Marín-, yo sería el primero en detestar su marcha, y aun oponerme a ella del modo más formal, como lo hice el año 26 por mí solo, contra el poder del presidente de la República; pues que viendo yo la justicia de mi parte, no conozco peligro que me arredre ni que me haga desistir de buscarla…”.

Fiel a esas palabras, dos años después, Quiroga debería volver sobre sus pasos, pero ya era demasiado tarde.

Lo cierto es que, como ya hemos dicho, y a pesar de la “razón histórica” que en este caso le asistía a Marín y Leiva al prevenir a otros provincianos sobre las intenciones de Rosas, la “jugada” de Quiroga impuso un retroceso tremendo al federalismo del Interior y fortaleció a Buenos Aires, contrario -con Rivadavia o con Rosas- a la organización nacional y a la reunión de un Congreso Federal Constituyente.

En 1833, debido a la consecución del conflicto con los Reynafé y con el federalismo del Litoral, Quiroga se vio involucrado en otro intento de incluir a Córdoba entre las provincias bajo su liderazgo: “la sublevación de los federales del Norte y el Oeste” en Córdoba, mientras se sustanciaba la campaña del Desierto de esos años comandada por Rosas, Quiroga y Aldao.

Al mando del general Huidobro (segundo de Quiroga en la campaña contra los indios), y con el apoyo de “la fracción disidente mayoritaria” del federalismo cordobés y su expresión más auténtica, la de Juan Pablo Bulnes (quien fuera la mano derecha de Bustos y “un federal consecuente toda su vida”, como sostiene Ferrero), aquel intento de derribar a los hermanos Reynafé, que se le atribuyó a Quiroga, agregó inoportuna y fatalmente más leña al fuego de las divisiones provincianas.

Ni López ni Quiroga parecieron reparar en aquel momento que, de esa manera –separados de los demás o enfrentados entre los sectores del federalismo del Interior-, favorecían invariablemente los intereses de Buenos Aires.

Finalmente, el “encarnizado conflicto” tuvo el penoso desenlace que conocemos, cuando después de que el gobierno de Córdoba destituyera al Vicario apostólico Dr. Benito Lazcano (aliado de Bustos también), éste buscó refugio junto a Quiroga en La Rioja. La trágica lógica de los hechos “desbordó el vaso del resentimiento y la paciencia de los Reynafé”, que no trepidaron en “tramar el asesinato del caudillo riojano”, como nos confirma Ferrero, con la consecuente tragedia para el federalismo mediterráneo y del Interior en su conjunto.

Incluso podría conjeturarse, sin justificarlos tampoco, que los hermanos Reynafé, dadas las aspiraciones de dominio del caudillo riojano, temían una próxima invasión de Quiroga a Córdoba si se lo dejaba volver sobre sus pasos en febrero de 1835. Aunque eso no cambie en nada la tragedia y sus móviles, ni las causas y consecuencias políticas de los actos que sus protagonistas aportaron a la tragedia provinciana. En efecto, el único favorecido en todos y cada uno de los hechos comentados terminará siendo Rosas y Buenos Aires, que otra vez se saldrá con la suya.

Solo queda por saber, aparte de la lamentable desaparición de Facundo Quiroga del escenario nacional que, “fue tal la conmoción que se advirtió en todo el país por el atentado, que el gobernador de Santa Fe no se animó a seguir sosteniendo a los Reynafé” y, “librados a su suerte, fueron arrestados y sometidos a un largo juicio.

José Antonio Reynafé falleció en las mazmorras rosistas, y Guillermo y José Vicente –que nunca quisieron acusar a nadie ni siquiera por complicidad en el crimen de Barranca Yaco, auto inculpándose en todo momento, fueron fusilados en 1837 junto a Santos Pérez, el autor material del crimen. Francisco Reynafé, el único que logró escapar de la justicia rosista, murió en el combate de Cayastá en 1840, peleando contra Rosas.

Si Facundo había aceptado en silencio y con resignación su condena de Barranca Yaco, los hermanos Reynafé sepultaban con ellos toda la verdad sobre el crimen.

En 1837, el federalismo mediterráneo había sufrido una verdadera tragedia por la desaparición de cuatro de sus principales caudillos (Quiroga y los tres hermanos Reynafé). En 1838 sería asesinado también Alejandro Heredia, que, con el Tratado de Santiago del Estero, firmado por él, Quiroga, el santiagueño Ibarra y el salteño Moldes, había quedado al frente del federalismo mediterráneo. Y ese mismo año de 1838 moría también el gran caudillo federal santafesino Estanislao López.

Hasta 1852, el federalismo del Interior en su conjunto estaría inhabilitado para hablar, hacer y disentir, hasta que un nuevo caudillo y un nuevo representante del Interior todo, y de la mayoría de los argentinos -el entrerriano Justo José de Urquiza-, levantara las banderas que prácticamente desde 1810 habían agitado las provincias contra el poder arbitrario de Buenos Aires, desde la Banda Oriental a Cuyo, desde el Paraguay y el Alto Perú a Córdoba, desde el extremos noroeste andino a Santa Fe y todo el litoral platense, desde los límites norte, este y oeste del ex virreinato al límite sur con el desierto pampeano y patagónico.

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