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22 septiembre, 2021

Significación de Artigas para el Uruguay, la región platense y el continente Sudamericano

El 18 de junio de 2014 Alberto Umpiérrez escribió para un discurso del Ministro de Relaciones Exteriores de la ROU, Alberto Almagro:

¿Qué significó José Artigas para nuestro país, la región Platense y el continente Sudamericano?

Fue el referente y vocero de un movimiento popular muy importante, fundamentalmente de base campesina, porque en su tiempo la amplia mayoría de la gente vivía en el campo y se dedicaba a las tareas agrícolas y artesanales. El principal medio de producción era la tierra; la maquinización de los tiempos modernos aun estaba en ciernes.

Las ideas que sostuvo este movimiento popular no surgieron de ninguna revelación dogmática, sino más bien por el contrario, parten de los intereses y de las inquietudes concretas de la gente de aquel tiempo, que masivamente, con fuerza inusitada y sorprendente, impulsan cambios estructurales en un sistema colonial ya prácticamente inoperante debido a la crisis metropolitana en España.

Esos intereses e inquietudes populares propios de nuestra región, se expresan en fórmulas que, a veces, se toman de libros conocidos en aquella época, de autores como Rousseau, Montesquieu, Locke, los revolucionarios norteamericanos, pero en otras ocasiones resultan planteos y combinaciones de ideas absolutamente originales, más radicales en su concepción y en su práctica, que aquellas experiencias revolucionarias anteriores.

«La soberanía particular de los pueblos será precisamente declarada y ostentada como objeto único de nuestra revolución», es la primera frase que resume una auténtica declaración de principios del Artiguismo, de profundo y riquísimo contenido ideológico, expresada en el artículo 8° de las Instrucciones al diputado Tomas García de Zúñiga, de febrero de 1813.

Por primera vez, el proceso revolucionario independentista americano iniciado en Buenos Aires, toma un giro republicano y federal impulsado por las grandes mayorías populares, y se expresa de esta forma original: la «Soberanía Particular de los Pueblos».

Largos años de debates académicos ha llevado discernir este concepto, tan sencillo y tan potente, justamente por su sencillez y originalidad. La hegemonía ideológica de signo exactamente opuesto, unitaria y elitista, impuesta por los enemigos de Artigas que a la postre terminaron triunfando, fue la causante de más de un siglo de confusión sobre el significado de aquellos postulados Artiguistas.

Se trataba de una Soberanía construida desde los cimientos de la sociedad, desde las ciudades, las villas y las comarcas rurales, desde las comunidades de los pueblos originarios, desde la participación ciudadana de todos, incluyendo expresamente y privilegiando a «los más infelices», los originarios, los afrodescendientes, los hijos del mestizaje multicultural, todos, todos, sin exclusiones de raza o de condición social.

El Artiguismo se construye en la lucha independentista contra los colonialismos europeos, pero también en la contradicción contra el centralismo ejercido por las elites portuarias de Buenos Aires. No contra el pueblo de Buenos Aires, el cual «es y será siempre nuestro hermano«, según sus propias palabras. Era una lucha de intereses, que de ninguna manera alentaba los odios entre Provincias, entre ciudades y mucho menos entre los Pueblos, muy por el contrario, pretendía construir una confederación sobre la base del «Pacto recíproco», tal como se expresa en el artículo 2° de las Instrucciones del Año XIII: «No admitirá otro sistema que el de confederación para el pacto recíproco con las provincias que formen nuestro Estado«. No se admitirá, pues, ninguna forma de unitarismo, de centralismo, ni de prepotencia de unas Provincias sobre otras.

«Ciudadanos: el resultado de la campaña pasada me puso al frente de vosotros por el voto sagrado de vuestra voluntad general. (…) Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana. Vosotros estáis en el pleno goce de vuestros derechos: ved ahí el fruto de mis ansias y desvelos y ved ahí también todo el premio de mi afán. Ahora en vosotros está él conservarlo. Yo tengo la satisfacción honrosa de presentar de nuevo mis sacrificios y desvelos, si gustáis hacerlo estable.» No deja de resultar maravillosa, sencilla y contundente, plenamente vigente, esta forma de expresar su vocación republicana ante la Asamblea de los Diputados Orientales reunidos en Tres Cruces en abril de 1813.

La idea de «Libertad Republicana» fue el sello de su comando y la impronta más característica de la experiencia Artiguista. El texto de las Instrucciones del Año XIII en sus artículos 3 a 6 da cuenta de ello en forma por demás clara:  «Promoverá la libertad civil religiosa en toda su extensión imaginable. Como el objeto y fin del Gobierno debe ser conservar la igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y de los Pueblos, cada Provincia formará su gobierno bajo esas bases, a más del Gobierno Supremo de la Nación. Así este como aquél se dividirán en poder legislativo, ejecutivo y judicial. Estos tres resortes jamás podrán estar unidos entre sí, y serán independientes en sus facultades.»

El Federalismo, la Confederación, era la garantía de esa Libertad Republicana, tal como lo teorizaba Montesquieu en el «sistema de frenos y contrapesos» de su libro «El Espíritu de las Leyes». Pero no era solamente por una cuestión teórico-dogmática que esto se planteaba. Entre 1810 y 1813, habían ocurrido por lo menos dos golpes de estado en Buenos Aires, se había disuelto una Asamblea reunida por el voto popular, y se habían ejecutado en la plaza pública varias decenas personas condenadas a muerte por conspiraciones, motines, y movilizaciones populares y militares de distinto tipo. Coexistían allí diversos grupos que antagonizaban por el control de un Poder que resultaba cada vez más autoritario y despótico.

Así es que se postula, en el artículo 7° de las referidas Instrucciones, que «El Gobierno Supremo entenderá solamente en los negocios generales del Estado. El resto es peculiar al Gobierno de cada Provincia.» Y más adelante sigue diciendo el mismo texto: «Que esta Provincia (Oriental) por la presente entra separadamente en una firme liga de amistad con cada una de las otras, para su defensa común,seguridad de su libertad, y para su mutua y general felicidad, obligándose a asistir a cada una de las otras contra toda violencia o ataques hechos sobre ellas, o sobre alguna de ellas, por motivo de religión, soberanía, tráfico, o algún otro pretexto, cualquiera que sea.

Que esta Provincia retiene su soberanía, libertad e independencia, todo poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente por la Confederación a las Provincias Unidas juntas en Congreso.

Que esta Provincia tendrá su constitución territorial; y que ella tiene el derecho de sancionar la general de las Provincias Unidas que forme la Asamblea Constituyente.

Que esta Provincia tiene derecho para levantar los regimientos que necesite, nombrar los oficiales de campaña, reglar la milicia de ella para la seguridad de su libertad, por lo que no podrá violarse el derecho de los pueblos para guardar y tener armas.»

No conformes los Orientales con este sistema de garantías, se establecen otros principios que refuerzan la misma idea y procuran preservar la Libertad Republicana y la Soberanía Particular de los Pueblos: «El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos.

Que precisa e indispensable, sea fuera de Buenos Aires donde resida el sitio del gobierno de las Provincias Unidas.

La constitución garantizará a las Provincias Unidas una forma de gobierno republicana, que asegure a cada una de ellas de las violencias domésticas, usurpación de sus derechos, libertad y seguridad de su soberanía, que con la fuerza armada intente algunas de ellas sofocar los principios proclamados. Y así mismo protestará toda su atención, honor, fidelidad y religiosidad, a todo cuanto crea, o juzgue, necesario para preservar a esta Provincia las ventajas de la libertad y mantener un gobierno libre, de piedad, justicia, moderación e industria

No se trata de imitar experiencias constitucionales ajenas, no hay en Artigas ninguna ingenuidad dogmática. Sabe perfectamente que sería imposible garantizar las libertades civiles y políticas de los ciudadanos y de los Pueblos, si no se garantizan de igual modo las libertades económicas, protegiéndose los intereses de la producción y del comercio de cada Provincia.

La principal amenaza a esas libertades económicas provinciales venía en aquella época del pretendido monopolio del Puerto de Buenos Aires y de su oligarquía de operadores intermediarios, que estrangulaba el comercio y taponaba la navegación de las incipientes hidrovías de la cuenca del Río de la Plata.

Por ese motivo se dedican dos artículos de las Instrucciones a la habilitación de los puertos de Maldonado y Colonia, ya que el de Montevideo se encontraba aun en manos de los realistas. «Que el puerto de Maldonado sea libre para todos los buques que concurren a la introducción de efectos y exportación de frutos, poniéndose la correspondiente aduana en aquel pueblo… Que el puerto de Colonia sea igualmente habilitado en los términos prescriptos en el artículo anterior

No hay en estos artículos ningún interés de monopolizar el comercio desde la costa Oriental. Si no se menciona en este documento a los puertos fluviales de las otras Provincias del Litoral Platense, es simplemente porque estas Instrucciones corresponden exclusivamente a la Provincia Oriental. Mal hubiera podido Artigas en 1813 ponerse en un rol de «Protector de los Pueblos Libres» que recién le fue otorgado por las Provincias litoraleñas dos años después, en 1815.

Es recién en 1815, ya consagrada la independencia y la liga de las Provincias del Litoral, cuando Artigas promulga desde su Cuartel General en Purificación los Reglamentos Provisorios de Derechos Aduaneros y de Tierras, los cuales dejan claramente establecidos los principios de igualdad entre las Provincias, la libertad de comercio interior, la protección de las industrias locales y los criterios equitativos en el reparto de las rentas aduaneras, así como también los principios a seguir en la expropiación y redistribución de las tierras de labranza.

La derrota de Artigas no fue un fracaso, sino que más bien marcó un derrotero, un rumbo. Artigas se quedó en el recuerdo y en el corazón del Pueblo Oriental y de los Pueblos rioplatenses y sudamericanos, hasta el punto que hoy, 250 años después de su nacimiento, sus ideas y sus principios libertarios y republicanos mantienen plena vigencia, y el magno proyecto de Confederación, la Unión de los Pueblos Libres, hoy más libres que hace dos siglos, sigue siendo un desafío para nuestra generación y para las próximas.

Independencia, República y Federación son ideas que han triunfado, se han consolidado como valores fundantes de una Cultura política en nuestra región y en el continente americano. Ahora está en nuestra voluntad y en nuestra responsabilidad seguir profundizando en esta construcción de Unión y Libertad.

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